El estío comienza a declinar y junto a él las fiestas de ciudades, pueblos y localidades que se extienden a lo largo y ancho de ese Estado conocido como piel de toro. Y al ir desapareciendo o concluyendo esos eventos, en tantos y tantos sitios, el horror, la crueldad, la barbarie, el maltrato, la tortura y el sufrimiento increíble e inhumano que han de padecer miles de astados irá paulatinamente desapareciendo. Pero ese miedo milenario, ese terror secular, ese inconmensurable, desgarrador y brutal sufrimiento que han de padecer los pobres toros no desaparece con la llegada del otoño. Como una descomunal losa, fría y muda permanecerá suspendida de la bóveda celeste, cuan ingrávido y acusador testigo de una crueldad sin parangón en toda Europa y en el resto del planeta azul.

Instituciones de índole local, provincial, autonómico y hasta el propio Estado español junto con empresarios –de ese sector del terror– asociaciones y diferentes tipos de entidades forman un conglomerado anacrónico, sanguinolento, brutal execrable y abominable.

Las conocidas como «corridas de toros» supuestamente enraizadas y afianzadas firmemente en «la fiesta nacional», no son otra cosa que un espectáculo dantesco, primitivo, salvaje, embrutecedor, alienante, terrorífico, denigrante e inhumano.

Es absolutamente inconcebible e inadmisible que los poderes públicos, impulsen, mantengan y subvencionen actos de un contenido y puesta en escena tan absolutamente deleznables, reprobables y degradantes.

Es inconcebible que miles o decenas de miles de personas puedan disfrutar, apasionarse, entretenerse, divertirse o emocionarse con un espectáculo sangriento, lleno de inconmensurable dolor, sufrimiento, tortura y terror.

Es injustificable que se recurra a la tradición, al arte, a la cultura para seguir justificando y manteniendo un espectáculo que degrada como ser humano a todas aquellas personas que, en mayor o menor grado, participan en el mantenimiento de una anacrónica, brutal, atroz y estremecedora actividad de muerte y tortura a unos indefensos y desvalidos mamíferos, y todo ello por dinero y diversión. Cuando realmente en esos anfiteatros de muerte, dolor y tortura lo único que ocurre, tal y como comenta con una gran lucidez e ingenio el formidable dibujante, escritor e ilustrador Andrés Rábago (El Roto) «Lo que objetivamente ocurre es que un animal sale a un ruedo, intenta huir y es sometido hasta su muerte, eso es lo que hay», denuncia. «Si lo quieren llamar cultura, son libres de llamarlo como quieran, pero objetivamente lo que hay ahí es la tortura del animal».

Aferrarse a la tradición obsesivamente, como justificación cuasi divina, para seguir manteniendo ese esperpento espeluznante, despreciable y sobrecogedor es recurrir a la infamia, a la mentira manifiesta y a la vergonzosa manipulación de ese hecho, exclusivamente repetido reiteradamente a lo largo de grises y anodinos siglos.

Según datos del propio Ministerio de Educación, Cultura y Deporte del Estado español, en el año 2007 se celebraron 3.600 corridas profesionales; transcurridos ocho años, en el 2015, las corridas fueron 1.700. Dichos eventos profesionales se concentran, prácticamente en cuatro comunidades autonómicas: Castilla-La Mancha, Castilla y León, Andalucía y Madrid. En ellas se llevaron a cabo el 75% de todos los festejos profesionales, en el mencionado periodo. Teniendo en cuenta que ese país tiene 17 comunidades autonómicas, la detestable y aborrecible tradición se enmarcaría, en todo caso, en un 23,5% de la división administrativa.

Siguiendo la senda marcada por los datos del mencionado MECD, entre los años 2003 y 2013, el descenso acumulado a la asistencia de esos acontecimientos taurinos es más del 36,62%.

Según la encuesta “Hábitos y Prácticas Culturales” –del mismo ministerio, publicada el 14-03-2016– se confirma que «tan solo un 8,5% de los españoles acude a una corrida de toros a lo largo del año».

Otra encuesta, en este caso la realizada por la Agencia Internacional IPSOS-MORI, sobre el rechazo a las corridas de toros, en el susodicho país, es contundente en su exposición de resultados: «la encuesta revela que tan sólo el 19% de los adultos españoles, de edad comprendida entre 16 y 65 años, afirmó que apoya de alguna manera la tauromaquia, frente al 57% que se oponía a la misma».

El rechazo a esa práctica denigrante, aborrecible e inhumana va en aumento y se extiende como una luz de cordura, sensibilidad y regeneradora de las ideas, de los gustos y de la formación para el tiempo libre y el ocio.

En Gandía están suprimidas las corridas de toros; Palma de Mallorca se declara antitaurina y ciudad amiga de los animales; Zaragoza ha dejado de subvencionar todos los actos relacionados con los toros; Villafranca de los Caballeros (Toledo) retiró las subvenciones a los toros y a su alcalde «los toros le parecen una salvajada»; Socuéllanos (Ciudad Real) retiró también la subvención; A Coruña suspendió la feria de agosto «El Ayuntamiento entiende que hay razones de interés público que justifican la cancelación de la feria, como la defensa de los animales frente al maltrato»; En la Comunidad Autónoma de Madrid, Valdemoro, Ciempozuelos, Pinto y Moraleja de Enmedio no celebran festejos taurinos.

La alcaldesa de Ciempozuelos, María Jesús Alonso, manifestaba con rotundidad «No estoy dispuesta a pagar 100.000 euros para promover el maltrato animal». La nueva regidora fue amenazada de muerte por esas medidas. Sin embargo por estos lares de vascongadas la estupefacción, el sonrojo y la vergüenza entre la ciudadanía aflora a borbotones ante las aborrecibles, anacrónicas e incomprensibles medidas tomadas por los dirigentes jeltzales.

En Donostia, después de tres años sin espectáculos taurinos, la nueva corporación municipal formada por PNV Y PSOE los reinstaura, haciendo que la ciudad se sumerja de lleno en tiempos pretéritos obscuros y siniestros.

En Bilbao, en sus pasadas fiestas, el mismo partido el PNV, siempre lógicamente, en contra de «cualquier tipo de violencia» impulsa, mantiene, sostiene e inclusive dilapida del erario público, sin la más mínima consideración, 72.000 euros en entradas para asistir a las corridas de toros, que día tras día, durante la semana grande, han dejado de vender –ante la evidente indiferencia por esos crueles eventos– decenas y decenas de miles de entradas.

Catalunya y la Comunidad Autónoma de Canarias son casos aparte y paradigmáticos en la abolición de la tauromaquia y la protección de los astados ante el cruel y aborrecible maltrato.

En Canarias, donde las corridas de toros no tenían ni las más mínima incidencia entre la población, fueron prohibidas por el Parlamento Autonómico el 18 de abril de 1991. fueron prohibidas y desterradas de las islas afortunadas porque «conllevaban maltrato, crueldad y suplicio».

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El Parlamento Autonómico catalán abolió las corridas el 28 de julio del 2010. La ley entraría en vigor en enero del 2012. La reacción de la derecha intransigente, intolerante, anacrónica e inculta fue fulminante, la presidenta del PP en Catalunya, Alicia Sanchez Camacho, declaraba que recurriría a las Cortes Generales y al Tribunal Constitucional para declarar la «fiesta de los toros» de «interés cultural general». Evidentemente, el PP no quería tener en cuenta ni en consideración que en Catalunya, ya en los cinco años anteriores al de la prohibición, el interés por las actividades taurinas iba difuminándose y desapareciendo entre la población como opción de ocio, entretenimiento y diversión.

El recurso de inconstitucionalidad fue interpuesto el 28 de octubre del 2010 por el grupo parlamentario del PP en el Senado. El susodicho tribunal anuló la ley catalana en octubre del 2016, recurriendo, entre otros argumentos jurídicos, sociológicos y etnológicos, al disparate y al esperpento al considerar reiteradamente las corridas de toros una manifestación cultural.

Ocho magistrados votaron en contra de la ley catalana y tres a favor de su mantenimiento, por considerarla legal dentro del marco constitucional.

Las razones, que esgrimía la más alta instancia jurídica de ese Estado, se sustentaban en un conjunto de argumentaciones insostenibles en los albores del S. XXI, por ejemplo, ya se habían dictado leyes «declarando la tauromaquia como patrimonio cultural». En efecto, en 1991, esa «dimensión cultural» de las corridas de toros ya aparecía. Y posteriormente, legislando, ad hoc, en 2013 y en 2015, esas medidas se verían reforzadas declarando la tauromaquia «Patrimonio Cultural Inmaterial».

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En la sentencia se consideraban las corridas de toros como «patrimonio cultural común». Se estimaba que «la tauromaquia tiene una indudable presencia en la realidad social de nuestro país» y que como «una expresión más de carácter cultural –requiere– su preservación y por lo tanto se han declarado un conjunto de normas a través de las cuales se considera formalmente la tauromaquia como patrimonio cultural» e incidía en que es «una manifestación de una arraigada tradición cultural –e implantada– a nivel nacional».

El Tribunal Constitucional deliberadamente obviaba una realidad completamente diferente y diametralmente opuesta a su exposición, demostrando muy poco interés sociológico y escaso rigor jurídico. Las corridas de toros no estaban «implantadas a nivel nacional», ni mucho menos, sino que se remitían a cuatro comunidades autónomas principal y fundamentalmente y, lo más importante y determinante, considerar la «fiesta nacional» como «una manifestación de una arraigada tradición cultural» chocaba frontalmente con los datos, recogidos, analizados y publicados, constituyéndose en un despropósito absoluto e inadmisible.

Aferrarse a la tradición obsesivamente hasta llegar al paroxismo es un disparate inaceptable –tanto desde el punto de visto jurídico, sociológico, ético y humanístico– máxime en este caso concreto donde la tradición se ha ido desvaneciendo y desapareciendo con el discurrir de las décadas.

En el S. XIX la ciudad taurina por antonomasia era Barcelona, que llegó a contar con tres plazas de toros. Único caso en la historia. ¿Pero a qué se debía ese fervor taurino que llevó a edificar cuan crueles anfiteatros tres cosos de violencia, dolor extremo y terror?

En ese siglo la ciudad condal era el motor industrial de ese Estado, donde se hacinaban miles de trabajadores en condiciones insalubres, con interminables jornadas de catorce horas en las insaciables fábricas.

Cómo método de evasión a una vida tan deplorable y alienante se consumían grandes cantidades de alcohol y el ocio –al igual que hicieron durante cinco siglos los emperadores romanos a partir de Vespasiano y Tito con el Coliseo Romano– se sostenía, fundamentalmente, en los anfiteatros taurinos del terror para embrutecer a las legiones de asalariados, para que no pensasen sobre sus miserables vidas y sobre su condición de tristes, grises y explotados trabajadores.

Casi dos milenios separan ambos hechos pero buscaban la misma finalidad –mediante un espectáculo sangriento, brutal y en el que la muerte violenta y terrorífica era consustancial a toda la puesta en escena– embrutecer, insensibilizar, hacer abúlicos a los espectadores y alienarlos.

Hace muchas centurias que el sufrimiento, desgarrador e inhumano desapareció del Coliseo Romano; ya sólo son vestigios de un lejano pasado, pero el horror de matar animales mamíferos en plazas públicas aún permanece vigente en el Estado español a pesar de que ya en le S.XIX en Europa, en la mayoría de los casos, se suprimiese la tortura pública de personas y animales.

En Gran Bretaña, en 1824, se prohibían las prácticas crueles y ese mismo año se fundó la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad a los Animales.

Volviendo a la tradición invocada, reiterativamente, por el Tribunal Constitucional de ese Estado, ésta no ha sido, a lo largo de los dilatados tiempos de terror, siempre proclive al mal trato a los toros, ni mucho menos, aunque en la práctica, triste y deplorablemente, esa brutal y deleznable actividad nunca se logró erradicar completamente.

El primer espectáculo taurino del que se tiene constancia formal se llevó a cabo en León en el año 815, aún bajo dominio árabe, aunque sus organizadores fueron cristianos.

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Durante siete siglos la Iglesia, según parece, no tuvo ni el más mínimo reparo para impedir una actividad tan sumamente cruel, brutal y despiadada, pero en 1567 el Papa Pio V emitió una bula mediante la cual prohibía los espectáculos taurinos, al ser calificados como «Cosa del Demonio, ajena a lo cristiano, debido a la gran cantidad de muertes, heridos y lisiados que provocan». La Iglesia amenazó con la excomunión a los que desobedeciesen al Papa y no enterrar en tierra sagrada a los que muriesen como consecuencia de esas prácticas.

Muy poco duró el respiro para los pobres y desvalidos astados. El Papa Gregorio XIII en 1575, mediante otra bula restablecía la cruel práctica. ¿Cómo era posible, en tan poco tiempo y siendo ambos «infalibles», caer en contradicciones tan flagrantes e incomprensibles? 
El rey Felipe II había informado previamente al Papa «que correr a los toros en sus reinos era muy beneficioso. Evidentemente no era así». De esa forma quedaba constatada la absoluta falta de autonomía de pensamiento y nula capacidad volitiva del sucesor de San Pedro.

En 1700 llegaba a España Felipe V. Con el antecesor nominal de Felipe VI también llegó la dinastía Borbónica. Un rey que no pestañeó en el brutal, terrible y descomunal asedio a Barcelona en 1714, terminando fulminantemente con las libertades de todo un pueblo, pero que viniendo de la corte de Versalles consideró las corridas de toros una fiesta bárbara, cruel y de mal gusto y que solo daba mal ejemplo al pueblo. De esa forma, al menos, los nobles abandonaron la bestial práctica de atormentar y asesinar a los toros.

En el S. XIX cuando en toda Europa habían empezado a erradicarse las costumbres en las que se maltrataban animales para entrenarse y divertirse, en España empezaba un nefasto siglo taurino. Fernando VII –el rey que restauró el antiguo régimen y nuevamente la Inquisición– cerraba la Universidad y abría escuelas de tauromaquia.

El Tribunal Constitucional del Estado español en su sentencia de 2016 alega, en repetidas ocasiones, la consideración de la tauromaquia como «patrimonio cultural».

La cultura desde el punto de vista académico se sustenta sobre dos grandes pilares o conocimientos de ámbito universitario. Uno tiene como campo todo lo relacionado con el saber científico y el otro se extiende a través de las bellas artes. Por lo tanto la cultura es el medio, la forma y la manera de elevar por la escala evolutiva humana a los individuos y a los grupos sociales.

¿Y qué tiene que ver la atrocidad de asesinar públicamente a animales desvalidos e indefensos con el ámbito de la ciencia o las bellas artes?

¿Acaso el hecho de ir maltratando a un toro hasta llegar a su extenuación y agonía tiene algo que ver con la grandiosidad, la belleza, la serenidad, la estética, la armonía, la majestuosidad, el embelesamiento, los conocimientos, el placer, el deleite, la musicalidad, el lirismo, la sensibilidad, la reflexión, el análisis… que puede aportar el arte en sus diferentes manifestaciones?

¿Se puede comparar ese acto vil, cruel y salvaje con el Partenón, con el David de Miguel Ángel, con las coreografías y ballets de Igor Moiséyev, con “La noche estrellada” de Vincent Van Gogh, con la Sinfonía nº. 9 de Ludwig Van Beethoven, con la inmortal obra “Los Miserables” de Victor Hugo,o con la extraordinaria obra maestra “2001: una odisea del espacio” de Stanley Kubrick?

Naiz

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